En las demencias no se produce únicamente un deterioro de la memoria, sino de distintas funciones cognitivas: alteraciones de la percepción visual y espacial, dificultad para leer, escribir, comprender o estructurar el lenguaje, impulsividad, alteraciones del ánimo y el sueño, movimientos repetitivos o vagabundeo, y alucinaciones.
La forma en que se presentan estas alteraciones da pistas sobre el tipo de demencia que puede padecer el paciente. Esto es importante para establecer un pronóstico que permita planificar los cuidados, y también para evitar fármacos que no hagan el efecto esperado o que puedan ser incluso perjudiciales.
Los trastornos de conducta en los pacientes con demencia no tienen, a día de hoy, un tratamiento farmacológico específico: el mejor manejo es el que llamamos higiénico-conductual, es decir, las rutinas que establecemos y la forma en que reaccionamos ante los síntomas del paciente.
Algunas cosas que se pueden hacer: dar espacio, calma y rutinas que permitan saber qué esperar en cada momento; avisar y explicar lo que se le va a hacer ("vamos a bañarnos", "vamos a comer"); ante la oposición o la agresividad, no insistir, dar respuestas neutras y reintentarlo en otro momento; favorecer y reforzar los comportamientos positivos, ofreciendo una actividad que le guste antes de otra que rechaza (como el aseo); mantener buenas rutinas de sueño y actividad física durante el día, pocas pantallas e interacción familiar; y no discutir ni pelear ante ideas delirantes o alucinaciones ("me roban", "alguien entra en mi casa"), reforzando que estamos ahí para protegerle y darle seguridad.
En casos puntuales, con agresividad o inquietud muy marcadas que no responden a lo anterior, se pueden introducir fármacos a dosis bajas, la mínima indispensable y durante el menor tiempo posible.