No todas las personas que están en sus últimos días necesitan una sedación profunda, o siquiera alguna en absoluto. El objetivo de los fármacos en este punto del proceso es controlar síntomas como el dolor, la ansiedad, la agitación, la falta de aire o las náuseas y vómitos. En personas que no presentan ningún síntoma no es preciso bajar el nivel de conciencia.
El objetivo de la sedación no es acelerar el proceso: en cuidados paliativos no se administran fármacos para parar el corazón. Acelerar o provocar la muerte en un momento elegido sería otro concepto, el de la eutanasia, que tiene un marco legal y unas vías de actuación diferentes.
Existen distintos niveles de sedación, desde un simple ansiolítico hasta una sedación profunda en la que la persona solo responde a un estímulo intenso. El nivel se ajusta a los síntomas de cada paciente en cada momento.
Es normal ver cambios en la respiración —pausas o ruido—, en el color de la piel —amoratada, pálida o con un patrón marmolado— y, según el nivel de sedación, desde poder hablar hasta no responder a ningún estímulo. También es habitual que, con el paso de los días, la persona orine cada vez menos. El proceso puede variar desde unas pocas horas hasta varios días, y nada de ello produce sufrimiento a la persona.
Es importante estar informado de estos cambios para que, como persona que acompaña el proceso, no experimentes ansiedad o sufrimiento innecesarios.