Realmente la vitamina D es una pro-hormona: el cuerpo la fabrica en la piel con la exposición al sol, y el hígado y el riñón la activan. Actúa sobre el hueso, el músculo esquelético y el sistema inmune, no solo sobre el calcio de los huesos. Su déficit afecta a los tres a la vez: pérdida de fuerza y equilibrio en el músculo, menor mineralización y resistencia en el hueso, y una peor regulación de la respuesta defensiva del sistema inmune.
Se mide con una simple analítica de sangre (25-OH-vitamina D). Se considera deficiencia por debajo de 20 ng/mL, insuficiencia entre 20 y 30 ng/mL, y niveles adecuados por encima de 30 ng/mL.
En las personas mayores el déficit es muy común, y suele deberse a varios factores a la vez: los cambios propios del envejecimiento de la piel y del metabolismo en el hígado y los riñones; la menor exposición solar en quienes salen poco del domicilio; una dieta pobre en vitamina D, que solo se encuentra en pocos alimentos como la yema de huevo, el pescado azul y los lácteos fortificados; la obesidad, porque el tejido graso "secuestra" la vitamina; ciertos medicamentos, como los corticoides, los anticonvulsivantes o algunos hipolipemiantes, que pueden alterar su metabolismo; y la enfermedad renal crónica.
El déficit se asocia a más caídas, a sarcopenia —pérdida de masa y fuerza muscular— y a un mayor riesgo de fractura. No es un dato menor: es un factor de riesgo fácilmente modificable. Si te preocupa este tema, podemos hacer una valoración completa en la consulta.